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Pellerano, el médico que se negó a ser cómplice en Campo de Mayo

Eduardo Pellerano revolvió el café que lo esperaba sobre la mesa del living de su casa. Sentado, abrochó el último botón de un ambo blanco impecable, tomó el café en pocos sorbos y comenzó a recordar. Pasaron casi 40 años desde que dejó las guardias en el servicio de Ginecología del Hospital Militar de Campo de Mayo. Plena dictadura militar. Lo hizo después de negarse a atender a detenidas/desaparecidas en cautiverio a las que le colocaban unos “anteojitos negros” como distintivo. Vio a monjas deambulando con niños en horas extrañas. Escuchó mofarse a empinados generales en el Casino de Oficiales que reían y se vanagloriaban con los vuelos de la muerte. Entendió, junto a otros médicos civiles, que todo formaba parte un plan sistemático de terror: “Me sentí cómplice, no iba a poder explicárselo a mis hijos si me quedaba”, aseguró.

Semanas atrás, el médico ginecólogo mas reconocido de Grand Bourg declaró como testigo en el juicio Hospital Militar de Campo de Mayo. Ya lo había hecho en 1984 ante la CONADEP y en 2011 en el juicio denominado Plan Sistemático. Sus recuerdos fueron importantes para aportar datos a la investigación por el robo de bebés y por partos clandestinos realizados en el hospital a detenidas/desaparecidas en cautiverio a partir de 1976. El lunes se reanudó la segunda etapa del juicio donde se juzga al exjefe de Institutos Militares de Campo de Mayo, Santiago Omar Riveros, y al exjefe de División de Clínica Médica del hospital, Raúl Eugenio Martín. Los genocidas son juzgados por el caso de 11 detenidas/desaparecidas y sus hijos/as nacidos/as en cautiverio en ese centro clandestino de detención, tortura y exterminio.

Pellerano ingresó en 1975 al Hospital Militar de Campo de Mayo como parte de un plantel de médicos civiles de excelencia. Lo hizo ad honorem primero y comenzó a percibir un sueldo, luego, cuando pasó a formar parte de una guardia ginecológica que realizaba una vez a la semana, más otra rotativa. El servicio cambió con la llegada del golpe militar de 1976. Un indicio de ello fue la prepotencia en alza de jefes militares y su “desprecio hacia la sociedad civil”. Se incrementaron los partos, comenzaron las atenciones médicas clandestinas a detenidas en cautiverio, se empezó a rumorear sobre secuestros y vuelos de la muerte. Todo se confirmó hacia fines de 1977. Fue cuando decidió alejarse de lo que años más tarde entendería como un “plan sistemático”.

-¿Qué cambió en la división de Ginecología del Hospital Militar de Campo de Mayo a partir de 1976?
– (Julio) Caserotto (médico militar) asumió la jefatura del área de Ginecología del Hospital Militar de Campo de Mayo en 1976. A partir de ese momento se incrementaron las guardias y comenzaron a usar un distintivo para diferenciar a las detenidas: les colocaban anteojos tapados con negro del lado de dentro. Empezamos a escuchar susurros, murmullos, empezamos a ver a las monjas. Un día llegué al hospital a la mañana y vi a una monja con dos nenitos a lo que le pregunté qué hacía allí y me respondió que no podía decirme nada. A nosotros (médicos civiles) ya nos empezaba a hervir la sangre de solo pensar que podrían estar pasando cosas terribles. Trabajé dos años allí, desde 1976 hasta 1978. No recuerdo bien la fecha en que me fui pero lo deduzco porque los domingos, a veces, hacía guardias y mi mujer me iba a buscar con mi hijo más grande que tenía dos años y él es del año 1976.

-¿Cómo empezaron a darse cuenta de lo que ocurría?
-Nosotros íbamos muy poco al Casino de Oficiales a comer, salvo los días de guardia. Y en las armas hay alcohol. Los militares toman mucho. Toman y hablan. Y empezamos a escuchar cosas. Un día escuchamos a Caserotto hablar de lo bueno que sería practicar una técnica de cirugía extra peritoneal a las embarazadas. Lo escuchábamos cuando contaba que salían a secuestrar, o que pasaban de noche por una parada de colectivo donde había algunas personas, tiraban un tiro al aire y se reían. Esas cosas a nosotros nos empezaban a llegar y fue lo que nos hizo despertar. Una vez, con el doctor Schinocca, fuimos al servicio de infectología porque nos dijeron que había un internada y la vimos a través de una hendija pero no quisimos pasar. A nosotros nos decían que las tiraban al río, un poco en chiste un poco en serio, y después, cuando empezaron a aparecer los cadáveres en las costas, entendimos que estaba ocurriendo en serio.

-¿Le pidieron alguna vez atender a estas mujeres embarazadas detenidas/desaparecidas?
-Una vez nos pidieron que revisáramos a dos chicas que tenían los anteojos negros pero nos negamos absolutamente y no nos dijeron nada. Una vez Caserotto estaba muy pasado de alcohol y obligó a una médica a hacer un parto. Nosotros empezamos a escuchar los comentarios de afuera, de adentro y cuando se empezó a hablar de los vuelos de la muerte decidí irme del hospital a pesar de las reprimendas de mi jefe porque me empecé a sentir cómplice: ¿qué explicación le iba a dar a mis hijos?

-¿Cómo era Caserotto?
-Era una persona totalmente repulsiva. Entre ellos estaban tan ensordecidos que nos trataban de asquerosos civiles.

-¿Y el médico de Campo de Mayo Norberto Bianco, también apropiador de dos bebés?
-Era el jefe de Traumatología. Todos decían que el tenía detenidas en otro lugar de Campo de Mayo y las traía a revisar en su propio automóvil. Fue socio nuestro en la clínica del Buen Ayre a principios de los 90 donde era el dueño de Traumatología, después se exilió en Paraguay y ese servicio de la clínica pasó a ser regenteado por el doctor López.

-¿Y el segundo jefe de la maternidad del hospital, Ricardo Lederer?
-Ricardo Lederer (se agarra las manos y se mofa solo de escuchar el nombre). Cuando yo hacia la conscripción en el Liceo Militar de San Martín él era cadete de quinto año y manejaba toda la formación de los cadetes. Gritaba, taloneaba más que cualquier militar de fusta. Todos decíamos: este tipo va a llegar a ser general. Años más tarde, de pronto, apareció en el hospital militar. Tuvo un problema visual que le impidió seguir la carrera militar pero como era tan milico en su interior la siguió a través de la medicina. Estudió medicina para ser médico militar y apareció en el servicio de obstetricia pero cero, no sabía nada. Era un militar más con título de médico. El tipo contaba que participaba de las excursiones que hacían para secuestrar personas. Era un Nazi.

-¿Sufrió presiones alguna vez por declarar en jucios de Lesa Humanidad?
-Nunca sufrí presiones. Jamás. Mirá que yo después tuve compañeros médicos militares pero ninguno nos dijo nada sobre las veces que fuimos a declarar. Nosotros eramos testigos de relleno. Cumplíamos con la formalidad del tribunal. Hace poquito fui declarar por el juicio del general ese que era terrible (Raúl Eugenio Martín) y ni me preguntaron por él. Nunca hablé con él ni con (Eugenio) Rivero. No quería ni me interesaba hablar con ellos. Cada vez que Martín iba al hospital todo el mundo temblaba, nadie se asomaba y el tipo pasaba golpeando los tacos con esa sobriedad de ser el dueño del mundo. Dicen que era una fierra terrible, al estilo Benjamín Menéndez.

-¿Supo de detenidos/desaparecidos del ex General Sarmiento?
-En Grand Bourg hubieron muchos desaparecidos. Cuando se hizo el operativo rastrillo aquí se llevaron a muchos compañeros. Ellos hacían trabajos barriales, pinturas de cordones, etc. Yo iba a darles charlas de educación sexual los domingos como militancia. “Cuando ellos pasan a la clandestinidad yo me abro y paso a militar con Oscar Alende (se ríe), en el Partido Intransigente, donde llegué a ser el presidente del partido de General Sarmiento. Después el viejo se equivocó y le dejó el partido a la derecha. Ahí nos abrimos muchos. En el medio, cuando me voy de Campo de Mayo, fui delegado del PC en San Miguel y cuando el partido dijo que había que apoyar a Videla porque era el sector menos pinochetista dentro del Ejército, huí despavorido”, continúa.

“Eran nazis”, afirma el doctor Pellerano y agrega: “Estos tipos tienen que estar presos, no puedo creer que les den la prisión domiciliaria a semejantes bestias. La Argentina está llena de fachos”. Cuenta, además, que por este motivo sintió la necesidad de ir a declarar ante la CONADEP en 1984.

“Me fui de ese lugar por sentirme cómplice de las actividades que se desarrollaban ahí adentro. El doctor Schinocca perdió hablarse con el hermano durante mucho tiempo porque creyó que él tuvo mucho que ver en todo esto. No tiene forma de explicarle que no tuvo nada que ver. Yo me fui mucho antes”, dice.

Hoy, como todos los años, irá a Plaza de Mayo junto a su mujer al acto por el Día de la Memoria. Antes de terminar, y regresar a su consultorio de Grand Bourg, Eduardo Pellerano se detiene para contar una anécdota: “Hace muchos años, en un consultorio que tenía frente al CLIMBA (Clínica de la Mano Buenos Aires), tenía una paciente que se llamaba María Eva Duarte. Un día ella viene y me dice: ‘doctor, encontré material de Montoneros de mi marido en mi casa y no sé qué hacer´. Le dije mirá, vienen momentos difíciles y tenés dos nenas. Decile a tu marido que raje con el material porque puede pasar cualquier cosa. Dos días después, llego al consultorio y la secretaria me dice que atrás había una enferma con un ataque de nervios y que no la podían calmar. Era la madre, que se quedó con las dos nietas. Su hija junto a su marido habían sido secuestrados. Eran inocentes totales”.

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