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Compañeros de trabajo, drama y milagro: estuvieron al borde de morir y los salvó el plasma

Son de Grand Bourg, trabajan en la construcción, viven cerca uno de otro y estuvieron internados al mismo tiempo en terapia intensiva. Los dos infectados con Covid-19. Los dos estuvieron más cerca de irse que de quedarse​, dicho por ellos mismos. José Iturbe (43) y Carlos Arapa (40) son desconocidos compañeros de una desgracia y conocidos compañeros de un milagro.

Son de Grand Bourg, trabajan en la construcción, viven cerca uno de otro y estuvieron internados al mismo tiempo en terapia intensiva. Los dos infectados con Covid-19. Los dos estuvieron más cerca de irse que de quedarse​, dicho por ellos mismos. José Iturbe (43) y Carlos Arapa (40) son desconocidos compañeros de una desgracia y conocidos compañeros de un milagro. Leé la nota publicada en el diario Clarín.

Iturbe, que tiene dos hijos y es albañil, todavía no puede creer estar vivo para contarlo. Salió de alta el 24 de mayo después de estar 16 días internado, «en una situación de absoluta gravedad». Arapa también trabaja como albañil y vive con sus hermanos. «Yo no imaginaba que este virus podía ser tan jorobado, ahora rezo por mi viejo, que la está peleando».

El procedimiento se realizó en el Hospital de Trauma Federico Abete de la localidad de Malvinas Argentinas. «La introducción de plasma sanguíneo de un paciente recuperado de coronavirus es una herramientas más que tenemos los médicos para combatir la enfermedad, es una chance más que tiene el paciente, es una suerte de vacuna que podemos darle con los anticuerpos que generó otro paciente recuperado», le dijo a Clarín, días atrás, Dolores Ouviña, médica y secretaria de salud del municipio, que sostuvo que «los plasmas están concentrados en el Instituto de Hemoterapia».

Vecino de Grand Bourg, José Iturbe habla con Clarín y viaja al mediodía del viernes 8 de mayo, «cuando empecé a sentirme raro, parecía un estado gripal, me dolía el cuerpo, estaba desganado, débil, pero ese día tenía que hacer trámites y salí igual. Cuando llegué a mi casa me tiré en la cama y un par de horas después volaba en fiebre, tenía 40 de temperatura».

A Iturbe le empezó a faltar el aire y Graciela, una de las hermanas con quien vive llamó al 107, «A la media hora llegó la ambulancia, me llevaron al Hospital de Trauma, me hicieron el hisopado, me sacaron placas y notaron que mis pulmones estaban complicados. Yo me interné un viernes, el domingo me dieron el resultado positivo y a la noche estaba en terapia intensiva. Fue galopante», grafica.

Recuerda cómo sentía y admite que «estaba resignado a que sería un camino de ida, era difícil de zafar. Yo siempre estuve lúcido y veía el agite que había alrededor mío, pude captar la preocupación de los médicos. Yo también era consciente de mi gravedad, me costaba mucho respirar, quería hablar un poco y me ahogaba, me dolía mucho el pecho. Se me venían todas las imágenes de mi vida, las caras de mis hijos de 16 y años», repasa Iturbe, protagonista de su propia película de terror.

Tenía una mascarilla que le daba oxígeno y una cánula en la nariz. Su estado delicado iba camino a la intubación. «Pero los médicos, que son unos héroes, de verdad, me dijeron que antes de entubarme iban a colocarme plasma por vía intravenosa de otros pacientes recuperados. Yo les dije que hicieran lo que ellos creyeran necesario».

Cuenta el hombre que enviudó hace dos años que el fin de semana del 16 y 17 de mayo «yo compartía la terapia con otras personas que quedaron en el camino. A mí me dieron una oportunidad, no soy creyente, pero creo que el de arriba algo por mí hizo». El milagro comenzaba a tomar forma. «A las 48 horas de que me pusieran plasma, me empecé a sentir mejor, el virus pareció retroceder, los pulmones recuperaron capacidad aérea y el progreso fue constante».

Cuando se le consulta dónde cree que se contagió, Iturbe no duda entre dos opciones. «El 27 de abril fui a hacerle un trámite jubilatorio al banco donde le pagan a mi mamá, que está en el centro de Grand Bourg y había mucha gente. Y el 5 de mayo fui a otro banco a cobrar la AUH y también, hice una cola larguísima. Estoy convencido que si no fue en uno fue en el otro».

Si bien hace apenas una semana, recibió el alta médica y volvió a su casa, «en realidad no tengo la verdadera alta, debo hacerme dos hisopados este martes y miércoles próximos, porque de acuerdo al último que me hice la semana pasada todavía soy positivo. Es decir que, si bien estoy mucho mejor, no puedo cantar victoria».

Soltero, sin hijos, criado en el pueblito salteño de Payogasta, Carlos Arapa está convencido que «me pesqué el bicho a través de mi padre, Julio (59), con quien compartimos un plato de comida. El viejo tenía una gripecita, no parecía nada complicado, pero finalmente él estaba infectado. Todavía la está peleando, internado, pero en vías de recuperación».

El derrotero de Arapa es, al menos, llamativo. El sábado 2 de mayo sintió unas líneas de fiebre y «empecé a cranear, a sentir mentalmente que estaba enfermo, no sé. La fiebre no aflojó, me fui a dormir, me levanté en medio de la noche empapado. Pese a que no me podía sacar el covid de la cabeza, me di una ducha y me fui tempranito,el domingo, al hospital».

​Arapa explicó su sintomatología a los médicos, que lo revisaron, le hicieron análisis, un hisopado y lo medicaron para bajarle la fiebre. Se encontraba mejor y volvió a su casa. «Me fui del hospital convencido de que tenía un estado gripal». Pasaron 48 horas y le avisan del hospital que había dado positivo.

«Como vivo solo, les dije que me quedaría en casa, aislado». Pero  con el transcurrir de los dias, el cuadro clínico se complicó producto de mucha tos y falta de aire. «A las 9 de la mañana del lunes 11 la ambulancia estaba en la puerta de mi casa. Sentía que me moría».

Volvió al hospital adonde había estado la semana anterior, «pero ahora la situación era grave, aunque yo pensaba que tenía neumonía. Me sentía con falta de oxígeno y después de una placas que me tomaron tenía los pulmones en muy mal estado. Me dijeron que estaba complicado y al otro día me trasladaron a terapia intensiva».

Recuerdo los síntomas que tenía y a Arapa se le estruja el alma. «Es un estado espantoso, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Yo estaba sin fuerzas, casi entregado, hasta que uno de los médicos me pidió autorización para hacerme un tratamiento con plasma de un paciente recuperado. Obvio que le dije que sí, y por suerte mi organismo no lo rechazó».

Una expresión de alivio seguida de una sonrisa transmite Arapa cuando dice que «la recuperación fue rapidísima, recuerdo que ya al día siguiente estaba con más fuerza, con mayor capacidad respiratoria, de hecho el oxígeno que me aplicaban vía nasal sentía que no lo necesitaba. Y así pasaron unos días, me mandaron a una habitación común y el 22 me dieron el alta. Ya estaba volviendo a ser, quería moverme, caminar, no aguantaba estar en la cama».

José y Carlos empezaron a hacerse amigos vía whatsapp. Los dos saben lo que pasaron y cómo la pasaron, por eso se prometieron un reencuentro con otros «dos compas de desventuras», dicen sonriendo. «Ya tenemos apalabrada la juntada para un asado». Los dos están muy agradecidos «a los médicos y las enfermeras del Hospital Abete, y también a los donantes del plasma».

«Si bien sabemos que el plasma se utilizó para neutralizar el virus, para nosotros fue como la cura milagrosa, fue como el remedio para aliviarnos nuestro terrible malestar. Sabemos que no estamos curados definitivamente, estamos esperando hacer nuevos hisopados para que nos dé el bendito ‘negativo’, pero podemos vivir bastante parecido a cómo lo hacíamos antes», coinciden.

GS

Fuente
Clarín

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