Cultura

Violeta Gorodischer: “La información es clave para no caer en el pozo negro de la culpa”

Violeta Gorodischer indaga en la experiencia de la maternidad.


Con el relato íntimo y lleno de matices de su experiencia personal articulado con una investigación completa y puntillosa, la escritora y periodista Violeta Gorodischer recupera en “Desmadres” (Planeta) la voz y el registro de madres y especialistas para dibujar un mapa de la maternidad en la Argentina del siglo XXI.

Con el correr de las páginas, la autora logra que el mismo relato coral de cuenta del alcance de los ideales, los mitos, la culpa, el desconocimiento, el amor, la voluntad, las diferencias de criterios y el deseo (o la ausencia de deseo) de ser madre.

Autora de “Los años que vive un gato” (Tamarisco), el libro de cuentos “Sueños a 90 centavos” (Seix Barral) y el libro de crónicas “Buscadores de fe” (Planeta), Gorodischer también recurre a la ficción como una música de acompañamiento y atmósfera, algo que quedó plasmado con citas o referencias más implícitas. “La hija única”, de Guadalupe Nettel y “Madre soltera”, de Marina Yuszczuk, pero también “Motherhood”, de Sheila Heti, “Yerma” de Federico García Lorca y “El cuerpo es quien recuerda”, de Paula Puebla.

“Leí muchísimos libros. Algunos los cito, otros quedaron resonando en mí tangencialmente, como `La tejonera´ de Cynan Jones, una novela donde el autor cuenta el parto de una oveja y lo inscribe en algo más universal, el parto de los mamíferos, atemporal, ‘demasiado antiguo para ser vergonzante’. Esa frase y la descripción de los fluidos, los tejidos, los jadeos, es hermosa, salvaje e intensa. Me sirvió mucho leerla en paralelo a los relatos que iba recopilando sobre partos domiciliarios, por ejemplo: me llevó a una atmósfera bien particular”, cuenta la autora sobre cómo la ficción la apuntaló en la investigación desde otro ángulo.

-Télam: En las primeras páginas del libro hacés referencia al concepto “maternidad situada” y tu voluntad de darle alcance a las diferencias. ¿Por qué sostener este enfoque?

-Violeta Gorodischer: El concepto de “maternidades situadas” lo tomé de Johana Kunin, que es antropóloga y una de las mentoras del Círculo de Estudios Maternidad(es) y Maternaje(s) Situados de la Universidad Nacional de San Martín. Ella lo retoma a su vez de otras teóricas para dar cuenta de algo fundamental: cada contexto, cada momento histórico, cada capa económica y social, cada elección sexual, incluso, influyen en las diferentes prácticas del maternaje. Entonces, a la hora de escribir, marcar este posicionamiento me parecía clave, porque no es lo mismo una mujer heterosexual, de clase media y con estudios universitarios, como yo, que una madre de un entorno rural, una de sectores populares, alguien con una identidad sexual disidente o una madre “soltera”. Las necesidades no son las mismas, ni siquiera los paradigmas de época nos atraviesan por igual: Johana me comentaba que en los entornos rurales, por ejemplo, las convocatorias a charlas sobre parto respetado o lactancia tenían muy baja asistencia. Con lo cual me parecía importante explicar eso, desde dónde escribo, y tratar en lo posible de darle cierto alcance a las diferencias, en especial para mostrar los contrastes entre clases medias y populares en todo lo que tiene que ver con las tribus de crianza, la gestión del cuidado o la decisión de no maternar.

-T.: Tejés un relato en el que combinás tu historia con investigación, entrevista, análisis. ¿Por qué te pareció importante un registro que, sin ser autobiográfico, tuviera la impronta de tu experiencia?

-V.G.: La impronta de la experiencia nunca estuvo en cuestión, era imposible para mí escribir sobre maternidad sin ese eje. Pensé, en algún momento, en hacer una ficción o incluso una autoficción, si es que esos términos aún siguen vigentes, pero empecé a sentir que el formato me “apretaba”, me quedaba chico. Tenía la sensación de ser un poco egoísta dejando este relato únicamente en “mi” experiencia, porque en los últimos años se me reveló con mucha nitidez el carácter colectivo que tiene la maternidad, las maternidades, para ser más precisa. En algún punto, todo el libro recorre ese lugar tan incómodo en el cual la maternidad como experiencia choca contra la maternidad como institución, como señala Adrienne Rich en “Nacemos de mujer”. Entonces decidí ir un poco más allá y mostrar un mapa, un estado de situación de la Argentina, y cuáles son los mojones sociales y políticos que van cercando a una madre desde el embarazo y durante los primeros años de vida de su hijo o hija: cómo van condicionando en varios aspectos su manera de ejercer la maternidad aunque sean cuestiones que la exceden por completo.

Por otra parte, si yo iba a salir a buscar testimonios, también tenía que estar el mío: es una postura ética (la reversión del lema “lo personal es político”) pero no solo eso. Creo que mi experiencia funciona como el eje que estructura todo el libro. Se trata de una intimidad muy cuidada, muy trabajada, no es un libro catártico sino que es una experiencia puesta al servicio de algo más: es un pie para generar cercanía, para encadenar con un contexto histórico, para sumar el análisis teórico, para contrastar con otras vivencias y así darle forma a este gran relato coral que es “Desmadres”.

-T.: Hay un discurso muy instalado que vincula a la maternidad con la genética, con la trasmisión de un saber familiar-generacional, con lo instintivo. El libro está lleno de datos, estadísticas, informes. ¿Qué iluminan los datos?

-V.G.: La transmisión de ese “saber generacional” es el que se daba antes de la Revolución Industrial, en las casas, cuando a un hijo se lo criaba entre varias generaciones de mujeres, como explica la filósofa española Carolina del Olmo en su libro “¿Dónde está mi tribu?”. Los consejos pasaban de boca en boca y había una voz legitimada (la madre, la abuela, la bisabuela, la tía) que te decía qué tenías que hacer y cómo hacerlo. Hoy, las mujeres y las familias de clase media, en general, están aisladas: el presente urbano está definido por metrópolis superpobladas y viviendas alejadas entre sí que nos arrojan a una crianza en solitario. Con lo cual, la antigua idea de “tribu” reaparece en grupos que se arman espontáneamente o surgen desde instituciones coordinados por una psicóloga o una doula, que a enormes rasgos es la mujer que acompaña a otra en su embarazo y su parto. Entonces, lo que comento en el libro es que aquella antigua “legitimación” de la práctica maternal hoy pasó a estar dentro de estas “tribus de crianza”. Cada época tiene su propio ideal materno. A comienzos del siglo XX, alimentado por el imaginario europeo que recopilaba ideas del cientificismo, el Romanticismo y la Ilustración, nacía el ideal de la “madre argentina”: devota, nutricia, virginal. Ser madre era sinónimo de altruismo y abnegación, además de destino inevitable. Hoy, el ideal materno que reina entre las madres de clases medias y altas mutó. Parece estar permeado por las redes sociales, los libros de divulgación y estas tribus que fomentan la “crianza con apego”, que promueve el parto vaginal, la lactancia exclusiva, el porteo, el colecho, el movimiento libre y varias cosas más. Como analizan algunas investigadoras, en estos espacios se da una suerte de “pedagogía de las buenas prácticas maternales” donde las sugerencias se toman “si se quiere o se puede” en paralelo a la mención de los riesgos posibles en caso de no hacerlo. Con lo cual, la propuesta de un modelo alternativo deviene en imperativo, ubicando en un lugar muy incómodo a las que no quieren o pueden suscribir a esas normas.

-T. ¿Y qué pasa cuando las madres no pueden o no quieren responder estos “consejos”?

-V.G.: Ahí es donde la información se vuelve una herramienta clave para no caer en el pozo negro de la culpa. Entender de dónde vienen los mandatos contemporáneos, argumentar sobre eso, ayuda a discernir y posicionarse, por lo menos a mí me sirvió para eso, y me gustaría que el libro sea un vehículo para algo similar. Por otra parte, la información también es útil para defender tus propios derechos en tanto madre, pero para eso tenés que conocer cuáles son. Y si no podés defenderlos aunque los conozcas, como en el caso de la violencia obstétrica o la ausencia de protocolos para pérdidas gestacionales o perinatales, la información es útil al menos para iluminar lo que sucede, difundirlo y poder generar conciencia, tal vez un mínimo movimiento de cambio.

-T.: Anna Starobinets habla de la “embarazada periodista” y su forma de recopilar información. ¿Te interpela esa categoría?

-V.G.: No sé si la categoría de “embarazada periodista” me interpeló más que en ese sentido, en el de salir a buscar datos para ejercer un tipo de acción concreta, como exigir que no me internaran en una sala común de maternidad mientras transitaba una pérdida gestacional, por ejemplo, que era algo en lo que ningún profesional de la salud había reparado hasta que yo lo dije.

-T.: En el capítulo que dedicás a las tribus también das cuenta de las “tribus undercover”, grupos de mujeres que acompañan las pérdidas. ¿Qué encontraste ahí?

-V.G.: No participé de las tribus de duelo gestacional o perinatal, ni siquiera sabía que existían. Sí salí a buscar chicas que hubieran pasado experiencias similares y encontré a una cuya historia cuento en el libro y de quién me hice muy amiga. La sensación de soledad se duplica al ser una temática tabú, entonces conocer a quienes vivieron algo parecido es muy tranquilizador, produce alivio. Pero por supuesto, no todas las personas lo viven igual, y hay ciertos riesgos de los espacios que se crean a modo de “tribus de duelo” que deben tenerse en cuenta, como el abrochamiento de significantes que no son tuyos. Cada mujer, cada pareja, conceptualiza esa pérdida como quiere y como puede: hay quienes hablan de “hijo” o “bebé”, y hay quienes prefieren hablar de “feto” o de “embarazo”. Todo es válido. Lo que sostengo es que es el deseo materno y paterno el que convierte a ese embrión o feto en hijo; a esa mujer en madre, a ese hombre en padre. Entonces, si vos llegás a un grupo donde hablan de “angelitos”, por poner un ejemplo que me nombró una testimoniante del libro, y eso no coincide con tu visión, puede ser contraproducente en el proceso de duelo. Y viceversa. Creo que, al igual que en las otras tribus, se requiere la coordinación de profesionales capacitados, comprensivos y sobre todo, muy cuidadosos.

Violeta Gorodischer: “Es fundamental apuntar a una sociedad más cuidadora en general”

“Desmadres”, además de plantear un mapa y un “estado de situación”, propone plantear nuevas perspectivas o posibilidades que permitan imaginar otro mapa, el del futuro.

-Télam: Hacia el final del libro, hablás de la necesidad de avanzar en un paradigma universal de cuidado que reemplace una moral femenina o materna. ¿Por qué te parece importante hacer este cambio de cosmovisión en el cuidado?

-Violeta Gorodischer: En Argentina, la maternalización de las mujeres acompañó la construcción de los estados nacionales: el único destino posible para una mujer era la maternidad. De ahí en más, esa función “cuidadora” se naturalizó como algo femenino y doméstico, como describe Eleonor Faur en su libro “El cuidado infantil en el siglo XXI”, mujeres malabaristas en una sociedad desigual. Yo no sé qué efecto tiene hoy en un niño la feminización de su cuidado (más que seguir reproduciendo estereotipos socialmente) pero sí sé que la desmaternalización del mismo es muy positiva, tanto para ese niño como para las mujeres y la sociedad en general. A mi hija, por ejemplo, la cuidamos mayormente su padre, un niñero y yo, y me encanta que desde chica ella comprenda que el cuidado lo ejercemos entre todos, mamás, papás y todo aquel que quiera hacerlo. Desmaternalizar el cuidado ayuda a comprender hasta qué punto se trata de un derecho y de una necesidad, es un concepto ético, central en un Estado de bienestar. Eleonor Faur me dijo una frase clave: “Todos tenemos la capacidad de cuidar y la necesidad de ser cuidados”. Y efectivamente es así, no es algo que se circunscriba únicamente a los niños: las personas con discapacidad y los adultos mayores también requieren cuidados, que una vez más recaen en las mujeres. Los resultados de las últimas encuestas del uso del tiempo evidencian eso, que el cuidado sigue estando terriblemente feminizado en nuestro país. Por eso es fundamental apuntar a una sociedad más cuidadora en general, en paralelo a las políticas estatales que modifiquen la situación actual, como contemplan los proyectos de extensión y equiparación de licencias, la reglamentación para que haya guarderías en los trabajos o la propagación de más establecimientos de cuidado. Además, me parece imprescindible jerarquizar estas tareas por el mismo motivo: que deje de ser un concepto devaluado y ocupe el lugar que merece. Hay que capacitar mejor a quienes ejercen tareas de cuidado que en muchos casos, sobre todo en los sectores populares, ni siquiera reciben un sueldo.

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